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LA AUTORIDAD EN LA EDUCACIÓN

  En diversas ocasiones en charlas informales con docentes y padres, he compartido con ellos, la inquietud, de lo que significa ser en este tiempo como padres y educadores “autoridad” frente a nuestros hijos y nuestros alumnos.

Se me presentaban los diversos sentidos en los que se utiliza este concepto: según Hubert Henz (1968).  En psicología, autoridad significa la relación psíquica entre un superior y otra persona que reconozca su superioridad.  También recibe la denominación de autoridad real o autoridad personal.

Jurídicamente, autoridad es el derecho legítimo a ser obedecido por razón del cargo en la esfera de su incumbencia (autoridad oficial).  Ontologicamente la autoridad (auctorita) corresponde al verdadero Creador que es originariamente Dios, y en lo humano originariamente el padre y la madre (autoridad óntica).

El Diccionario de la Real Academia Española (2001) dá otras acepciones posibles.
Entre ellas:

  • Poder que gobierna o ejerce el mando de hecho o de derecho
  • Potestad, facultad.
  • Prestigio y crédito que se reconoce a una persona o Institución, por su legitimidad en alguna materia.
  • Persona que ejerce o posee cualquier clase de autorid

   Actualmente en educación, se habla mucho de autoridad que debe ser fruto de una construcción colectiva institucional, en el que la autoridad no sea sólo atributo del docente, sino de la institución y todo lo que ella comprende.  Esta construcción se realizaría a través del trabajo cotidiano en equipo, de docentes y directivos, unificando criterios en todos los aspectos de la vida institucional.

Frente a todo esto, en una sociedad pluralista y relativista como la nuestra, caracterizada entre otras cosas, por una gran confusión, donde todo está bien, ante la ausencia de límites por parte de los adultos, frente a los continuos cuestionamientos de los jóvenes, me preguntaba: ¿cómo podemos pararnos con autoridad frente a los alumnos, en nuestra tarea diaria de enseñar?

Al ir reflexionando, resonaba en mi interior la palabra del Evangelio Mt. 7, 28-29 “Cuando Jesús terminó este discurso, la gente se quedó admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los maestros de la ley”.

Evidentemente la autoridad de Jesús se desprendía de toda su persona.   El hacía lo que decía.  Lo veían actuar.  En palabras de Ansel Grüm (2005) Jesús se presenta como un Maestro que no empieza a proclamar preceptos y prohibiciones sino que se vincula profundamente con el otro.  Levanta a las personas, las anima, les habla al corazón.  Ellos quedan cautivados y tocados por sus palabras.

La actitud personalista de Jesús impregnada de humildad hace que tenga un conocimiento amoroso de cada uno.  Los trata como sujeto y no como objeto.  Jesús los hace encontrarse con su propia dignidad, hijos e hijas de Dios.

De la misma manera es impresionante ver al Señor poner límites cuando era necesario y delimitarse Él, de los influjos de los demás (Lc. 13,31)  (Lc. 9, 58).  Jesús actúa soberanamente, centrado en Él mismo, hace desde su interior lo que le parece correcto.  Para esto se comunicaba con su Padre a través de la oración.  El Señor nos dá las pistas para enseñar.

Actualmente a muchos padres y educadores les cuesta poner límites a sus hijos y alumnos.  Quieren lo mejor para ellos, pero a veces, por no querer ser autoritarios, se llega al otro extremo que es ser permisivo.  La ausencia de límites no favorece ni a unos ni a otros.  No origina libertad en los jóvenes, sino generalmente indiferencia y agresividad. 

Establecer límites es signo de amor.

El ser “autoridad” frente a nuestros hijos y nuestros alumnos, se basa en la capacidad de servir de modelo frente a ellos, generando en el interior de cada uno, confianza y seguridad, respetándolos en sus riquezas y diferencias y amándolos en su dignidad de hijos de Dios.  De esta forma la autoridad se hace servicio.

El buen educador, sólidamente preparado, en el cumplimiento responsable de la tarea diaria no necesita reclamar autoridad.  La tiene. 

Miremos a Jesús Maestro.  Contemplemos y recibamos su mensaje, que es siempre nuevo, confiemos en la misión que Él nos ha encomendado, pidiéndole ver en cada niño y joven su Amoroso Rostro.

Graciela Bordes de Lynch Pueyrredón
Fraternidad Raboni
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Bibliografía:

  • Hubert Henz: “Tratado de Pedagogía Sistemática” Ed.- Biblioteca Herder.
  • Diccionario de la Real Academia Española Segunda edición 2001
  • Grüm A. “Límites sanadores” Editorial Bonum 2005